
– Bueno, eso está bien, ¿no?
– ¿Te parece que está bien?
– Tolstoi es un gran escritor y tú sabes mucho sobre él.
– Sí, pero lo que yo me pregunto es si tiene algún sentido organizar que un grupo de señoras venga a escucharme. ¿En qué me convierte eso, en una especie de bicho raro que exhibe sus conocimientos ante la comunidad? ¿Para qué individualizarse tanto?, ¿acaso las otras mujeres de la colonia van a dar también conferencias sobre los temas que dominen?
– ¿Quién te lo propuso?
– La mujer del gran jefe, naturalmente.
– Deberías haberle preguntado todo eso a ella.
– Me dio pereza.
– ¿Vas a decir que no?
– No sé, tengo que pensarlo. La vida de Tolstoi ofrece algunas posibilidades estimulantes. Por ejemplo, ¿sabías que Tolstoi se masturbaba como un mono?
– ¡No!
– Sí, se masturbaba todo el tiempo, el muy cabrón. Paseaba por los jardines de su finca de Yasnaia Poliana acompañado de su perro fiel y silencioso, y de vez en cuando paraba junto a un árbol y se metía la mano en el pantalón.
Susy la escuchaba fascinada, con mezcla de sorpresa e incredulidad. ¿Le estaba tomando el pelo o hablaba en serio?
¡Qué más daba!, soltó una carcajada que resonó en las paredes de la sala vacía.
– No te rías, es un hecho histórico; él mismo lo cuenta en su diario. Después de haber caído en la tentación onanista, siempre se siente como una bestia insensible y pecadora.
– ¿Y eso es lo que piensas contar en tu conferencia?
– Sí, buena idea, eso es exactamente lo que voy a hacer, dejaré que Manuela convoque el acto con toda solemnidad y después empezaré a contarles a las damas cómo el conde se la cascaba hasta hacerse sangre. La cosa dará pie para introducir jugosas imágenes poéticas: la sangre del inmortal cayendo sobre la blanca nieve del duro invierno, su valiosa semilla desperdiciada en la vasta llanura de la gran Rusia… creo que puede ser una conferencia memorable, después de todo.
