
Susy reía y reía y se olvidaba de que estaba sudando, vestida de deporte, con los pelos alborotados, y también se olvidaba de que, sólo un momento antes, había estado preocupada pensando cómo sería adecuado reaccionar ante la imprevisible Paula. ¡Por fin un poco de diversión en aquel solitario lugar! Ni siquiera sus alborotadores compañeros de su tiempo en la facultad le habían dicho cosas tan desmitificadoras y desgarradamente irónicas. Reía sin parar.
Paula comprendió en aquel momento que había encontrado a la pequeña cómplice que necesitaba, una cómplice no tan cómoda como el perro de Tolstoi, pero que, en contrapartida, sabía reír.
Darío intentó de nuevo escribirle a su novia, pero por tercera vez rompió la carta que acababa de empezar. No se le ocurría nada que decir. Componer una carta sólo utilizando frases amorosas era absurdo y, encima, expresar los sentimientos en el papel se le daba bastante mal. Hubiera querido adivinar lo que Yolanda esperaba, lo que estaba ansiosa por leer; pero a aquellas alturas, tras un año de separación, había perdido la pista sobre lo que ella pudiera desear. Tampoco lo aclaraba en sus cartas, donde se limitaba a contarle las cosas que hacía en una cadena de enumeraciones anecdóticas que cada vez le interesaban menos, a medida que el tiempo iba transcurriendo: que salía con sus amigas, que había tenido una bronca con su madre, que trabajaba mucho, que se había comprado unos zapatos nuevos. Los sábados se llamaban por teléfono, pero el resultado no era mucho mejor: prisas para decir algo sustancial, contar atropelladamente cuatro sucedidos, te quiero mucho, me acuerdo de ti… de ningún modo podía traslucirse el estado de ánimo real. Hubiera sido preferible que, cuando él marchó a México, hubieran suscrito un pacto de no comunicación. Estar tres años separados sin llamarse ni escribirse, y después un reencuentro en toda regla, sin más. Entonces sí podrían haberse dicho cosas importantes, y relatarse todos los episodios que habían vivido por separado. ¡Hubieran tenido para un mes! Arrugó el último papel y lo lanzó a un rincón de la mesa. Hoy no era posible. Para decir tonterías, mejor no escribir.
