
Había acabado todo el trabajo de oficina, la intendencia de la colonia estaba perfectamente organizada, las cuentas, al día. Si a alguna de aquellas locas no se le ocurría aparecer por su despacho pidiendo una cosa extraña, podía largarse ya. Iría a El Cielito a tomar una copa. Dos horas de conducción en coche no eran disuasorias para él, y con su tiempo libre hacía lo que quería. El Cielito estaba a medio camino entre la presa en construcción y la colonia, por lo que cuando se encontraba allí con los técnicos e ingenieros, ellos también habían soportado dos horas de coche para estar en aquel lugar. No podían criticarlo. Se sentía con los mismos derechos que el resto de los varones. Suponía que todos eran conscientes de que no iban a dejarlo rodeado todo el día de mujeres y esperar que se quedara allí quieto como una momia mientras sus colegas electricistas y mecánicos, gente de su nivel profesional, vivían felices en la obra y salían a divertirse algunas noches. Naturalmente existía entre todos los empleados de la empresa un fuerte orden jerárquico que hacía que los trabajadores nunca se sentaran con los ingenieros cuando iban a El Cielito. Lo cual era estupendo, porque eso les permitía a todos moverse con libertad. Las costumbres estaban bien estipuladas después del tiempo que llevaban allí. Los ingenieros nunca subían a las habitaciones con las chicas, tampoco bailaban con ellas en el salón, a no ser que estuvieran borrachos o con ganas de juerga. Se limitaban a sentarse juntos a una mesa, beber cerveza y charlar, mirar a las chicas, reírse.
