Nadie juzgaba la conducta de nadie. Si un día alguien andaba pasado de copas, nunca oiría una recriminación. Y, por supuesto, existía un pacto tácito: los casados no hablaban a sus esposas sobre aquel local. Aquel local no existía para la gente de la colonia. Otro pacto, esta vez explícito, regulaba que nadie hablara del trabajo entre aquellas paredes. En ningún caso. Ni siquiera el director de la obra podía acercarse a él y preguntarle si había preparado las nóminas del mes. Quizá le pareciera complicado a un extraño, pero lo cierto era que todas aquellas condiciones de discreción se cumplían con la mayor naturalidad. Pensó en lo fácil que resultaba vivir entre hombres. Sólo con que nadie se saltara el orden de mando, las cosas siempre funcionaban bien. Era mucho más sencillo que estar entre todas aquellas mujeres que lo desconcertaban con sus actitudes, que se preocupaban por cosas absurdas y con las que uno no podía estar completamente seguro de por dónde iban a salir.

Cerró su despacho con llave y, sin mirar en ninguna dirección concreta -no mirar era la mejor manera de no ser visto-, se dirigió hacia su todoterreno y lo puso en marcha.

En cuanto traspasó las verjas de la colonia se sintió aligerado y tuvo la sensación de que el aire que entraba por la ventanilla era más respirable. Le fastidiaba tener que largarse de su propia casa como un prófugo, pero no podía quedarse tranquilo hasta que no había salido del lugar. Incluso cuando ya estaba subido en su coche y rodaba por los jardines de la colonia, siempre temía oír una voz femenina pronunciando su nombre: «¡Darío, un momento, por favor!» Vivir allí era como hacerlo con veinte madres a la vez, y todas dispuestas a recordarle en cualquier momento sus obligaciones o encargarle pequeños recados.

Puso música a toda potencia y dejó que su cuerpo fuera masajeado por los baches que encontraba a lo largo del camino. Se trataba de un viaje bastante incómodo, pero a él le parecía una vía dorada hacia la libertad.



37 из 368