
Cerró su despacho con llave y, sin mirar en ninguna dirección concreta -no mirar era la mejor manera de no ser visto-, se dirigió hacia su todoterreno y lo puso en marcha.
En cuanto traspasó las verjas de la colonia se sintió aligerado y tuvo la sensación de que el aire que entraba por la ventanilla era más respirable. Le fastidiaba tener que largarse de su propia casa como un prófugo, pero no podía quedarse tranquilo hasta que no había salido del lugar. Incluso cuando ya estaba subido en su coche y rodaba por los jardines de la colonia, siempre temía oír una voz femenina pronunciando su nombre: «¡Darío, un momento, por favor!» Vivir allí era como hacerlo con veinte madres a la vez, y todas dispuestas a recordarle en cualquier momento sus obligaciones o encargarle pequeños recados.
Puso música a toda potencia y dejó que su cuerpo fuera masajeado por los baches que encontraba a lo largo del camino. Se trataba de un viaje bastante incómodo, pero a él le parecía una vía dorada hacia la libertad.
