Avistó El Cielito en la amplia llanura polvorienta, sólo rodeado de varios árboles cansados. Observado desde lejos, era un enorme almacén de dos pisos construido en madera y pintado de rojo. En ningún otro país debía de existir un local como aquél, destartalado, en medio de ninguna parte, con aspecto de cuadra para caballos. Pero el propietario había demostrado ser más listo que el hambre, porque aquel corral dejado de la mano de Dios se llenaba de clientes todas las noches como si fuera el Moulin Rouge. A menudo, Darío se había preguntado de dónde salían todos aquellos hombres que aparecían allí como setas en la humedad. Campesinos solitarios, pequeños grupos de trabajadores de los pueblos cercanos…

El interior no era mucho más sugerente desde el punto de vista decorativo. Pintado también de rojo, consistía en una pista algo mugrienta rodeada de vetustas mesas y bancos corridos.

En una esquina, la exigua orquesta, vestida de blanco con lamparones, tocaba con discutible afinación. Cuando se iban a descansar, el ambiente quedaba inundado de música enlatada. La barra estaba atendida por hermosas chicas, y se servían las bebidas habituales: tequila, pulque, mezcal y grandes jarras de cerveza. La comida presentaba poca variación de platos: frijoles, mole, carne de cerdo en salsa y arroz. Dada la vulgaridad de todos los componentes, podía decirse que el atractivo principal lo constituían las chicas. Había muchas. Darío tenía la impresión fantasiosa de que se contaban por cientos: Lupes, Ágatas, Rositas, Estrellitas y Dolores. Todas de cabello moreno, de piel morena, de ojos negros y risueños. Todas con blusas llamativas, collares vistosos, faldas vaporosas, pendientes colgantes y algunas con flores en el pelo. Reunidas en aquel lugar, formaban el batallón que un hombre, cualquier hombre, hubiera soñado con encontrarse al llegar a México. Pero no eran la única razón por la que los varones solían encontrarse a gusto en El Cielito. En realidad, el conjunto de todos aquellos elementos tan sencillos: la música, la compañía, las bebidas e incluso la madera basta pero cálida de las mesas le daba a aquel local un encanto innegable. Por eso estaba siempre lleno. A Darío se le antojaba que todos los clientes venían huyendo de otras mujeres; en su caso, de un montón de esposas ajenas.



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