
Se sentó, acodado en la barra, y pidió la primera cerveza.
Victoria jugaba al tenis con Manuela todos los martes. Era un partido igualado, a pesar de la diferencia de edad. Aun con sesenta años, Manuela se mantenía fuerte, con las piernas musculosas y la muñeca flexible. Aquella mañana ganó con cierta rotundidad. Mientras se duchaban, le comunicó sus dudas a la derrotada:
– Creo que te he ganado con demasiada facilidad. Me ha parecido que no estabas prestando mucha atención al partido.
Hablaba alto, para hacerse entender por encima del ruido del agua. Victoria no se sentía con fuerzas para contestar con el mismo volumen. Soltó una audible carcajada falsa para poner punto final a una posible conversación de compartimento a compartimento. Tenía la esperanza de que fuera suficiente para zanjar el tema, pero en cuanto estuvieron fuera de los cubículos, secándose, Manuela reincidió en sus recriminaciones:
– Sabes que no soy de las que se toman el juego como algo sagrado, pero sí que me gusta que mi contrincante eche su carne en el asador, y tú has echado muy poca hoy. Estabas distraída. ¿Te pasa algo?
– Nada. Debe de ser sólo un mal día.
– ¿Y si justamente hoy hubieras tenido que jugar la importante final de un campeonato?
– A ver… déjame pensar… supongo que hubiera intentado doparme.
Manuela rió brevemente, se quedó desnuda y empezó a tararear algo entre dientes. Victoria observó la ropa interior que sacó de su bolsa de deporte. Bragas y sujetadores a juego, con florecitas y encajes, muy sexy. ¿Dónde una mujer de una talla cincuenta conseguía aquellas prendas tan sugerentes?; pero, sobre todo, ¿cómo reunía el suficiente buen humor y optimismo que revelaba el hecho de usarlas? ¿De qué manera se llega a ser completamente feliz?, se preguntó.
