Manuela parecía serlo. No cuestionaba el llamado orden natural de las cosas. Se sentía privilegiada por tener un marido, unos hijos, una desahogada posición social. Probablemente llevaba razón. Para ser feliz, todo lo demás, sin ser negado, debía permanecer en penumbra: el envejecimiento, la seguridad de la muerte, las sucesivas pérdidas a las que la vida te va sometiendo.

– Te perdonaré por esta vez, pero la próxima a ver si procuras darle a la pelota con más entusiasmo.

– ¡Es el colmo! Nunca he visto a nadie que te derrote y a quien, encima, haya que pedirle disculpas.

Emitió un gritito lleno de alegría y deslizó la blusa de seda ligera por encima del generoso busto.

– ¿Qué te pareció el numerito de Paula el otro día?

Victoria fingió no recordar.

– ¿El numerito?

– ¡Victoria, lo preguntas como si aquí todo el mundo montara numeritos diariamente! ¿No te acuerdas?, en la fiesta del cónsul.

– ¡Ah, bueno, no fue nada! Estuvo divertida.

– ¿Divertida? Había bebido demasiado. No es malo que la gente se achispe un poco y diga algunas tonterías, pero no creo que sea conveniente pegarle a la bebida de esa manera para luego ir hablando por los codos con todo el mundo. Además, era imposible entender la serie de cosas sin sentido que iba soltando.

– A mí no me molestó. Tenía gracia.

– ¿De verdad lo crees? A la mayor parte de los invitados les chocó. Fue un modo de dejar a su marido en mal lugar.

– Me dio la impresión de que su marido estaba muy tranquilo.

– Supongo que sólo en apariencia. Según Adolfo, es un hombre bastante impasible ante todo.

– En cualquier caso, lo que ella haga o deje de hacer…

– ¡Vamos, Victoria, no seas ingenua! Aunque cada una de nosotras tenga una vida personal y profesional, aquí estamos en función de nuestros maridos. ¡No irás a negarlo!



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