
– Te perdonaré por esta vez, pero la próxima a ver si procuras darle a la pelota con más entusiasmo.
– ¡Es el colmo! Nunca he visto a nadie que te derrote y a quien, encima, haya que pedirle disculpas.
Emitió un gritito lleno de alegría y deslizó la blusa de seda ligera por encima del generoso busto.
– ¿Qué te pareció el numerito de Paula el otro día?
Victoria fingió no recordar.
– ¿El numerito?
– ¡Victoria, lo preguntas como si aquí todo el mundo montara numeritos diariamente! ¿No te acuerdas?, en la fiesta del cónsul.
– ¡Ah, bueno, no fue nada! Estuvo divertida.
– ¿Divertida? Había bebido demasiado. No es malo que la gente se achispe un poco y diga algunas tonterías, pero no creo que sea conveniente pegarle a la bebida de esa manera para luego ir hablando por los codos con todo el mundo. Además, era imposible entender la serie de cosas sin sentido que iba soltando.
– A mí no me molestó. Tenía gracia.
– ¿De verdad lo crees? A la mayor parte de los invitados les chocó. Fue un modo de dejar a su marido en mal lugar.
– Me dio la impresión de que su marido estaba muy tranquilo.
– Supongo que sólo en apariencia. Según Adolfo, es un hombre bastante impasible ante todo.
– En cualquier caso, lo que ella haga o deje de hacer…
– ¡Vamos, Victoria, no seas ingenua! Aunque cada una de nosotras tenga una vida personal y profesional, aquí estamos en función de nuestros maridos. ¡No irás a negarlo!
