
– ¡Bueno, no me mires así! ¿No vas a invitarme a entrar?
– Perdona, me he distraído mirando… eso que llevas en la mano.
Apartó la servilleta como si fuera un prestidigitador y mostró una especie de tarta de aspecto pringoso. Paula tardó un poco en decidir cómo era correcto reaccionar ante aquello, incluso temió haber puesto cara de asco.
– ¿Es para mí?
– A lo mejor te parece una tontería, pero en América hacer esto es una costumbre de buena vecindad hacia el recién llegado. Tú llevas casi un mes aquí y yo no…
– ¡Pasa, pasa a la cocina! ¿Puedo ofrecerte un café?
– Eso completaría exactamente el rito.
– ¡Adelante, pues, completemos el rito!
Se sintió observada mientras se movía por la cocina preparando café. Su profundo mal humor estaba instalándose en su frente y la obligaba a fruncir el entrecejo. Procuró que no se notase. Aquella chica sólo pretendía ser amable. Claro que nadie le había pedido que se presentara en su casa trayendo aquel dulce horror. Aquella chica también pretendía charlar.
– ¿Qué tal te ambientas en México después de tu primer mes?
Una furia ciega empezó a devorarla. ¿Por qué debía participar de buen grado en una conversación llena de tópicos? ¿Es que en Estados Unidos nadie anuncia sus visitas, nadie espera a ser invitado, todo el mundo entra al asalto ofreciendo y exigiendo amistad en las casas ajenas? Dejó la cafetera en el fuego y se sentó frente a Susy. Puso los codos en la mesa, se sujetó la cabeza con las manos y la miró de modo desafiante:
– ¿En México, estás segura de que estamos en México? Porque metidas en este gueto podríamos estar en cualquier otra parte.
La americana se quedó inmóvil. No esperaba una descarga semejante. Luego enrojeció.
– Te parece aburrido, ¿verdad? Cierto, llevas razón, lo es. Pero hay que tomarlo por el lado bueno: siempre podemos ir a San Miguel, pasear por el campo… lo único que no nos permiten es alejarnos demasiado, ni viajar solas a otra ciudad. Cuestión de seguridad, temen secuestros.
