
Paula seguía mirándola fijamente sin denotar por su expresión si la había siquiera entendido. La chica empezó a ponerse nerviosa y emitió un río de palabras atropelladas.
– Claro que a veces hacemos algunas actividades culturales, también excursiones, fiestas… el cónsul español en Oaxaca ofrece fiestas a menudo a las que siempre estamos invitados, como el viaje hasta allí es tan breve… Tiene una casa preciosa, ya verás. Sus reuniones suelen ser divertidas.
– Sí, seguro que lo son.
La cafetera emitió un pitido y Paula se levantó y fue hacia los fogones con una sonrisa. Pero para entonces ya había conseguido aterrorizar a su amable vecina, que miraba en todas direcciones como buscando la salida. Puso el café en la mesa y cortó el pastel. Lo probó. Era mucho más sabroso de lo que parecía.
– Está muy bueno.
– Es la única receta de pastel con la que suelo acertar.
Comieron y bebieron en silencio. Entonces Susy levantó sus grandes ojos azules hacia ella y la miró con una especie de apuro:
– Ha sido una estupidez traerte un pastel, ¿verdad?
– ¡No, ¿por qué?!
– En algún momento he tenido la impresión de que ibas a lanzármelo a la cara como en las películas antiguas.
Paula se echó a reír. Dejó su porción de pastel a un lado y encendió un cigarrillo. No había contado con la descarnada sinceridad de los norteamericanos.
– No me hagas caso, últimamente estoy de un humor horrible. Puede que aún no me haya ambientado.
– ¿Te arrepientes de haber venido con tu marido?
– No, tampoco puede afirmarse que haya dejado un montón de cosas interesantes en España. Nada me reclama allí, pero desde que llegué estoy pensando qué es lo que me reclama aquí.
– ¿Tenéis hijos?
– No.
