
– Nosotros no hace mucho que estamos casados, y queremos tenerlos, pero será cuando Henry acabe esta obra, de vuelta a Nueva York.
Paula asintió varias veces, pero no encontró nada que decir. Cambió de tema bruscamente, un poco harta ya de aquella conversación.
– ¿Qué tal son las otras esposas?
– ¡Ah, bien, muy amables! Lo malo es que no haya ninguna de mi edad.
– Entenderse con gente mayor no es nada fácil.
– No he querido decir eso.
– No me ha molestado, es la verdad.
– Tú pareces distinta.
– Pues tengo algo más de cuarenta años.
– Sí, pero se te ve como… indiferente, como si nada te importara demasiado.
– Sí, puede ser -respondió con una carcajada seca.
– ¿Sois una pareja feliz?
Todos los peligros que intuyó en Susy se habían concretado por fin. Si la dejaba continuar por el camino de lo privado, podían acabar en algún laberinto.
– En fin, el matrimonio es una institución complicada.
– Sí, sí lo es. No puedo hablar por mí, Henry y yo estamos muy unidos; pero lo sé a causa de mi madre. Nunca le perdonaré sus fracasos matrimoniales.
Hizo como si no la hubiera oído, como si tuviera la mente en otra parte. Debía abortar aquel diálogo cuanto antes, y de un modo en que la chica no se molestara. Tampoco debía excitar su curiosidad, ni resultar demasiado brusca.
– Querida Susy, de verdad que me quedaría aquí todo el día, charlando contigo; pero por desgracia tengo que trabajar.
– Eres la traductora de Tolstoi al español, ¿verdad? El matrimonio de Tolstoi fue muy movido. Se querían y se odiaban a la vez, o primero una cosa y después la otra.
– Algo por el estilo.
Se puso en pie, aun a riesgo de parecer poco hospitalaria. Era obvio que Susy esperaba algo más de aquella visita, y se preguntó qué. Había aprendido que en toda relación humana, hasta las más esporádicas y superficiales, siempre existía un deseo de gratificación propia. Aquella chica rubia y desinhibida buscaba algo en ella, quizá sólo una interlocutora para lo que no fueran temas irrelevantes, quizá una confidente con quien airear sus problemas personales en aquel desierto. Pero no llegaba en buen momento. La despidió en la puerta y contestó con evasivas cuando la americana le propuso que fueran un día juntas a San Miguel.
