
– Conozco a un artesano que hace unas pulseras de plata diferentes de las demás. Son preciosas, en serio, cuando te apetezca comprar una llámame y te acompañaré.
– Lo haré, desde luego que lo haré.
Cerró la puerta tras de sí y suspiró profundamente. ¿Es posible vivir cerca de la gente sin ser vista, sin que nadie te dirija la palabra, sin responder a preguntas o sonreír? Una pretensión absurda, por supuesto. No había conseguido todavía prescindir por completo de la presencia humana, aún necesitaba notar su contacto lejano pero asequible. Se conformaba con algún que otro saludo mínimo, oír risas a lo lejos, un comentario casual al comprar el periódico, al pedir en un bar.
Volvió a la cocina y vio los restos de pastel, las tazas vacías, el cenicero con su cigarrillo a medio apagar. Había cometido una estupidez dejando que aquella chica entrara en la casa, pero echarla hubiera sido una estupidez aún mayor. Tal y como se había presentado, no tuvo elección: o mandarla al infierno o invitarla a pasar. Aunque daba igual, en el fondo daba igual. Abrió uno de los armarios y sacó una botella de whisky. Se sirvió un dedo. Bebió.
Victoria vio salir a Susy de casa de Paula desde su ventana. La visita no había sido muy larga. Cuando momentos antes había advertido por casualidad a la joven americana cargada con un pastel yendo hacia casa de los nuevos residentes temió lo peor: que la despidieran con estrépito. No podría haber dicho por qué había tenido esa impresión tan extrema. Posiblemente se debía a la personalidad de Paula, a lo que en realidad había podido atisbar de su personalidad. «Todo un carácter», dijo alguien de la colonia nada más conocerla. ¿Era todo un carácter? Quizá, aunque el modo de comportarse de las personas siempre está deformado por sus deseos sobre cómo ser advertidos por los demás, y Paula no parecía muy interesada en resultar agradable.
