Descubrió que tenía ganas de beberse un vaso grande de leche, como si algo tan fresco y puro pudiera devolverle el equilibrio. Nunca se había considerado particularmente remilgada, y Dios sabía que era La Winslow con más probabilidades de dormirse en la iglesia, pero parecía que cada día que pasaba en la capital traía una sorpresa nueva, otro momento que la dejaba boquiabierta y confundida.

Ya llevaba aquí un mes. ¡Un mes! Y todavía tenía la sensación de ir de puntillas, de no estar segura de si hacía o decía lo correcto en cada momento.

Y lo odiaba.

En casa estaba segura. No siempre tenía razón, pero casi siempre estaba segura. En Londres, las reglas eran distintas. Y lo peor era que todo el mundo se conocía. Y si no se conocían personalmente, habían oído hablar de los demás. Era como si toda la alta sociedad compartiera una historia secreta de la que Annabel no estaba enterada. Cada conversación escondía un significado más profundo y sutil. Y ella, que además de ser la Winslow con más probabilidades de dormirse en la iglesia, era la Winslow con más probabilidades de decir lo que pensaba, tenía la sensación de que no podía decir nada por miedo a ofender a alguien.

O a hacer el ridículo.

O a dejar en ridículo a otra persona.

No podía soportarlo. No podía soportar la idea de demostrar a su abuelo que su madre realmente había sido una tonta, que su padre había sido un maldito tonto, y que ella era la mayor tonta de todos.

Había mil maneras de hacer el ridículo, y cada día se presentaban nuevas oportunidades. Era agotador intentar evitarlas todas.

Annabel se levantó e hizo una reverencia cuando lord Newbury se marchó, e intentó no darse cuenta de que la mirada del anciano se clavaba en su escote. Su abuelo salió del salón con él y ella se quedó con Louisa, su abuela y la botella de jerez.



10 из 263