– Tu madre estará encantada -anunció lady Vickers.

– ¿Con qué, señora? -preguntó Annabel.

Su abuela la miró con hastío, con una pizca de incredulidad y una nota de enfurecimiento.

– Con el conde. Cuando acepté traerte a Londres jamás imaginé que pudiéramos aspirar a algo más que un barón. Has tenido suerte de que esté desesperado.

Annabel sonrió con ironía. Era encantador ser el objeto de la desesperación.

– ¿Jerez? -le ofreció su abuela.

Annabel meneó la cabeza.

– ¿Louisa? -Lady Vickers ladeó la cabeza hacia su otra nieta, que enseguida negó con la cabeza-. No es gran cosa, eso es cierto -dijo Lady Vickers-, pero cuando era joven era bastante apuesto, así que vuestros hijos no serán feos.

– Qué bien -respondió Annabel, con un hilo de voz.

– Varias de mis amigas estaban enamoradas de él, pero él sólo tenía ojos para Margaret Kitson.

– Tus amigas -murmuró Annabel. Las amigas de su abuela habían querido casarse con lord Newbury. Las amigas de… ¡su abuela! Habían querido casarse con el hombre que, seguramente, quería casarse con ella.

Santo Dios.

– Y morirá pronto -continuó su abuela-. No podrías pedir más.

– Creo que ahora sí que me tomaré esa copita de jerez -anunció Annabel.

– Annabel -dijo Louisa, incrédula, lanzándole una mirada de «¿Qué estás haciendo?».

Lady Vickers asintió y le sirvió una copa.

– No se lo digas a tu abuelo -dijo la mujer, mientras le daba la copa-. Cree que las chicas de menos de treinta años no deberían beber alcohol.

Annabel bebió un buen trago. Le resbaló por la garganta ardiendo, aunque no tosió. En casa nunca le habían ofrecido jerez, al menos no antes de la cena. Pero ahora necesitaba fuerzas.

– Lady Vickers -dijo el mayordomo-, me ha pedido que le recuerde cuándo había llegado la hora de marcharse a la reunión en casa de la señora Marston.



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