
– Ahí es donde no estamos de acuerdo -dijo Newbury-. Mi Margaret se guardaba sus pensamientos para ella. La nuestra fue una unión espléndida.
– Se mantenía lejos de ti, ¿no? -dijo lord Vickers.
– Como he dicho, fue una unión espléndida.
Annabel miró a Louisa, que estaba sentada con mucho decoro en la silla que había a su lado. Su prima era muy delgada, con los hombros finos, el pelo castaño claro y los ojos de color verde pálido. Annabel siempre pensaba que, a su lado, ella parecía una especie de monstruo. Ella tenía el pelo oscuro y ondulado, a la mínima que se exponía al sol acababa bronceada, y su silueta había atraído una atención no deseada desde su decimosegundo verano.
Sin embargo, nunca jamás las atenciones habían sido menos deseadas como ahora, mientras lord Newbury la miraba como si fuera un caramelo.
Annabel se quedó inmóvil, intentando imitar a Louisa, mientras procuraba que sus pensamientos no se le reflejaran en la cara. Su abuela siempre la reñía por ser demasiado expresiva. «Por el amor de Dios -decía, habitualmente-. Deja de sonreír como si supieras algo. Los caballeros no quieren una mujer que sepa cosas. Al menos, no es lo que buscan en una esposa.»
Entonces, lady Vickers solía tomarse una copa y añadía: «Puedes aprender muchas cosas cuando te hayas casado. Preferiblemente, con otro caballero que no sea tu marido.»
Si Annabel no sabía nada antes, ahora ya sí. Como el hecho de que al menos tres de los vástagos de los Vickers no eran hijos de lord Vickers. Annabel estaba empezando a descubrir que su abuela tenía, aparte de un vocabulario notablemente blasfemo, una visión de la moralidad algo diluida.
Gloucestershire empezaba a parecer un sueño. En Londres, todo era tan… reluciente. Aunque no literalmente, claro. En realidad, en Londres todo era más bien gris, cubierto por una fina capa de hollín y suciedad. No estaba segura de por qué le había venido a la cabeza la palabra «reluciente». Quizá porque nada parecía sencillo. Nada parecía franco. E incluso todo era un tanto resbaladizo.
