– Ah sí, es verdad -respondió esta, gruñendo mientras se levantaba-. Es una vieja muy pesada, pero siempre sirve la mesa de forma estupenda.

Annabel y Louisa se levantaron mientras su abuela salía del salón y, en cuanto lo hizo, volvieron a sentarse y Louisa dijo:

– ¿Qué ha pasado mientras he estado fuera?

Annabel suspiró.

– Imagino que te refieres a lord Newbury.

– Sólo he estado en Brighton cuatro días. -Louisa lanzó una mirada rápida hacia la puerta para verificar que no hubiera nadie y luego suspiró con urgencia-. ¿Y ahora quiere casarse contigo?

– No ha dicho nada de matrimonio -respondió Annabel, aunque hablaba más desde la esperanza que desde la realidad. A juzgar por las atenciones que le había prestado durante esos últimos cuatro días, seguro que iría a Canterbury a obtener una licencia especial antes de finales de semana.

– ¿Sabes su historia? -le preguntó Louisa.

– Creo que sí -respondió Annabel-. En parte. -En cualquier caso, no tan bien como Louisa. Ya era la segunda temporada en Londres de su prima y, lo más importante, ella había nacido en ese ambiente. Puede que el pedigrí de Annabel incluyera un abuelo vizconde, pero, a fin de cuentas, era hija de un hombre de campo. Louisa, en cambio, había pasado todas las primaveras y los veranos de su vida en Londres. Su madre, su tía Joan, había muerto hacía varios años, pero el duque de Fenniwick tenía varias hermanas, todas muy bien situadas socialmente. Puede que Louisa fuera tímida, y puede que fuera la última persona que uno esperaría que difundiera chismorreos y rumores, pero lo sabía todo.

– Está desesperado por encontrar esposa -le dijo su prima.

Annabel le ofreció lo que ella esperaba que fuera un gesto de desprecio hacia sí misma y dijo:

– Yo también estoy desesperada por encontrar marido.



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