
– No tan desesperada.
Annabel no la contradijo, pero la verdad era que si no concertaba un buen matrimonio pronto, sólo Dios sabía qué sería de su familia. Nunca habían tenido mucho, pero, mientras su padre estuvo vivo, siempre habían conseguido salir adelante. No sabía de dónde habían sacado sus padres el dinero suficiente para enviar a sus cuatro hermanos a la escuela, pero estaban donde tenían que estar: en Eton, recibiendo una educación de caballeros. Annabel no sería la responsable de que tuvieran que marcharse.
– Su esposa murió hace no sé cuántos años -continuó Louisa-, pero no importaba porque le había dado un hijo sano. Y dicho hijo había tenido dos hijas, de modo que la nuera era fértil.
Annabel asintió y se preguntó por qué la fertilidad siempre era un asunto de la mujer. ¿Acaso los hombres no podían ser infértiles, también?
– Pero entonces su hijo murió. De unas fiebres, creo.
Annabel conocía esa parte de la historia, pero estaba convencida de que Louisa sabía más, así que preguntó:
– ¿Y no tiene a nadie que pueda heredar el título? Seguro que debe de existir un hermano o un primo.
– Su sobrino -confirmó Louisa-. Sebastian Grey. Pero lord Newbury lo odia.
– ¿Por qué?
– No lo sé -respondió Louisa, mientras se encogía de hombros-. Nadie lo sabe. Por celos, quizás. El señor Grey es terriblemente apuesto. Todas las damas caen rendidas a sus pies.
– Eso me gustaría verlo -dijo Annabel, pensando en voz alta, mientras trataba de imaginarse la escena. Se imaginó a un Adonis rubio, con los músculos tensando la tela del chaleco y avanzando entre un mar de féminas inconscientes. Sería mejor si algunas de ellas todavía no hubieran perdido el sentido por completo, quizás aferradas a su pierna, desequilibrándolo…
– ¡Annabel!
Annabel volvió a la realidad. Louisa la estaba mirando con una urgencia poco habitual en ella, y haría bien de escucharla.
– Annabel, esto es importante -dijo Louisa.
