Y eso significaba que, de cada diez veces, nueve tenía que aparecer. Y eso significaba que no podía permitirse dormir más allá de las siete y media de la mañana. Y eso significaba que, a la noche siguiente, estaba más cansado de lo habitual. Y eso significaba que cuando se metiera en la cama y cerrara los ojos, se quedaría dormido con más facilidad.

En teoría.

No, se dijo. No era justo. No necesitaba usar el sarcasmo consigo mismo. Su magnífico plan no siempre funcionaba a la perfección, pero funcionaba. Últimamente, dormía algo mejor. Y no sólo esta última noche.

Se levantó, se acercó a la ventana y apoyó la frente en el cristal. Fuera hacía frío, y el aire helado le erizaba la piel a través de la ventana. Le gustaba aquella sensación. Era importante. Vital. Una especie de momento tangible que le recordaba su propia humanidad. Tenía frío, por lo tanto debía de estar vivo. Tenía frío, por lo tanto no era invencible. Tenía frío, por lo tanto…

Se echó hacia atrás y soltó una risotada irónica. Tenía frío, por lo tanto tenía frío. No había muchos más secretos.

Le sorprendió que no lloviera. Anoche, cuando había llegado a casa, todo parecía indicar que iba a llover. Durante su estancia en el continente, había desarrollado una extraordinaria habilidad para predecir el tiempo.

Seguramente, empezaría a llover dentro de poco.

Regresó al centro de su habitación y bostezó. Quizá debería leer algo. Así le venía sueño, a veces. Aunque, claro, no se trataba de que le viniera sueño. Podía venirle todo el sueño del mundo y, aún así, estar despierto. Cerraba los ojos, colocaba la almohada en la posición correcta y, sin embargo…

Nada.

Se quedaba allí tendido, esperando, esperando, esperando. Intentaba quedarse con la mente en blanco, estaba seguro de que era lo que necesitaba. Un lienzo en blanco. Una pizarra limpia. Si podía alcanzar la nada más absoluta, entonces se quedaría dormido. Estaba seguro.



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