Sin embargo, no funcionaba. Porque, cada vez que Sebastian Grey intentaba alcanzar la nada, la guerra regresaba y lo alcanzaba a él.

La veía. La sentía. Otra vez. Todas esas cosas que, francamente, con una vez había más que suficiente.

Y entonces abría los ojos. Porque lo único que veía era su habitación, muy normal, con la cama, muy normal. La colcha era verde y las cortinas, doradas. El escritorio era de madera.

Estaba muy tranquilo. Durante el día, se oían los ruidos habituales de la ciudad, pero, por la noche, esa parte de la ciudad solía quedarse en silencio. Realmente era increíble poder disfrutar del silencio. Escuchar el viento y quizá también los pájaros sin tener que estar pendiente del fútbol o los disparos a la diana. O algo peor.

Cualquiera diría que, en medio de aquella tranquilidad, podría dormir plácidamente.

Volvió a bostezar. Quizá podría leer. Esa misma tarde, había seleccionado varios títulos de la colección de Harry. No había mucho dónde escoger; a Harry le gustaba leer en francés o ruso y, a pesar de que él conocía ambos idiomas, porque la abuela materna que compartían había insistido en ello, no le resultaban tan familiares como a Harry. Para él, leer en otro idioma era trabajo y ahora sólo le apetecía entretenerse.

¿Era eso pedirle mucho a un libro?

Si él escribiera un libro habría emoción. Habría muertos, aunque no demasiados. Y nunca ninguno de los personajes principales. Sería demasiado deprimente.

También tendría que haber amor. Y peligro. El peligro era bueno.

Quizás algo de exotismo, aunque sin exagerar. Sebastian sospechaba que gran parte de los autores no investigaban de forma adecuada. Hacía poco había leído una novela que se desarrollaba en un harén árabe. Y, aunque la idea del harén le resultaba interesante…



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