
¿Un general? No, los generales estaban demasiado ocupados. Y, además, tampoco había tantos. Si iba a ir por ahí, también podrían aparecer uno o dos duques.
¿Y un coronel? Alto en los rangos militares, para que tuviera autoridad y poder. Podría provenir de buena familia, alguien con dinero, aunque no demasiado. Un hijo pequeño. Los hijos pequeños siempre tenían que labrarse su propio camino en la vida.
La señorita Sainsbury y el misterioso coronel. Sí, si escribiera un libro, lo titularía así.
Pero no iba a escribir ningún libro. Bostezó. ¿De dónde sacaría el tiempo? Miró la pequeña mesa, donde sólo había una taza de té frío. ¿O el papel?
El sol ya había empezado a asomar por el horizonte. Tendría que volver a meterse en la cama. Seguramente, podría dormir unas horas antes de tener que levantarse e ir a casa de Harry a desayunar.
Miró por la ventana, donde la luz oblicua de la mañana entraba por el cristal.
Se detuvo. Le gustaba cómo sonaba.
«La luz oblicua de la mañana entraba por el cristal.»
No, no quedaba claro. Cualquiera podría pensar que se trataba del cristal de una copa de brandy.
«La luz oblicua de la mañana entraba por la ventana.»
Aquello estaba mejor. Pero necesitaba algo más.
«La luz oblicua de la mañana entraba por la ventana, y la señorita Anne Sainsbury estaba acurrucada debajo de la delgada manta preguntándose, como solía hacer, de dónde sacaría el dinero para poder comer al día siguiente.»
Era realmente bueno. Hasta él quería saber qué le pasaba a la señorita Sainsbury, y se lo estaba inventando.
Se mordió el labio inferior. Quizá debería escribirlo. Y hacer que la heroína tuviera un perro.
Se sentó frente a la mesa. Papel. Necesitaba papel. Y tinta. Seguro que encontraba algo en los cajones.
«La luz oblicua de la mañana entraba por la ventana, y la señorita Anne Sainsbury estaba acurrucada debajo de la delgada manta preguntándose, como solía hacer, de dónde sacaría el dinero para poder comer al día siguiente. Deslizó la mirada hasta su fiel perro pastor escocés, que estaba tendido en la alfombra a los pies de la cama, y supo que había llegado el momento de tomar una decisión trascendental. La vida de sus hermanos dependía de ello.»
