Fíjate. Un párrafo entero. Y no le había costado nada.

Sebastian levantó la mirada y se volvió hacia la ventana. La luz oblicua de la mañana seguía entrando por la ventana.

La luz oblicua de la mañana entraba por la ventana y Sebastian Grey era feliz.

CAPÍTULO 01

Mayfair, Londres,

Primavera de 1822.


– La clave para un matrimonio feliz -pontificó lord Vickers-, es mantenerse alejado de la esposa.

En condiciones normales, una frase como esa poco alteraría la vida y el destino de la señorita Annabel Winslow, pero había diez motivos por los que la frase de lord Vickers le resultaba especialmente dolorosa.

Uno, que lord Vickers era su abuelo materno, lo que implicaba que, dos, la esposa en cuestión era su abuela, quien, tres, recientemente había decidido arrancar a Annabel de su tranquila y feliz vida en Gloucestershire y, en sus propias palabras, «pulirla y casarla».

Igual de importante era que, cuatro, lord Vickers estaba hablando con lord Newbury, quien, cinco, había estado casado, y aparentemente había sido feliz, pero, seis, su esposa había muerto y ahora era viudo y, siete, su hijo había muerto el año pasado sin descendencia.

Lo que significaba que, siete, lord Newbury estaba buscando esposa y, ocho, que creía que una alianza con Vickers estaría bien, y, nueve, que le había echado el ojo a Annabel porque, diez, tenía las caderas anchas.

Maldición. ¿Había enumerado dos sietes?

Annabel suspiró, porque era lo máximo que le permitían mientras estaba sentada en el sofá. Poco importaba que hubiera once puntos en lugar de diez. Sus caderas eran sus caderas y, ahora mismo, lord Newbury estaba decidiendo si su próximo heredero se pasaría nueve meses entre ellas.



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