– ¿Has dicho que es la mayor de ocho hermanos? -murmuró lord Newbury, mientras la miraba con aire pensativo.

«¿Con aire pensativo?» No era lo más adecuado. Parecía que estaba a punto de relamerse los labios.

Annabel miró a su prima, lady Louisa McCann, con inquietud. Louisa había venido a visitarla aquella tarde y se lo estaban pasando en grande hasta que lord Newbury hizo su inesperada entrada. El rostro de Louisa estaba perfectamente sereno, como siempre que estaba en reuniones sociales, pero Annabel vio que abría los ojos con compasión.

Si Louisa, cuyos modales y actitud eran inalterablemente correctos, independientemente de la ocasión, no podía borrar el horror de su cara, Annabel sabía que estaba metida en un buen lío.

– Además -añadió lord Vickers, con gran orgullo-, todos nacieron sanos y fuertes. -Alzó la copa en un brindis silencioso por su hija mayor, la fecunda Frances Vickers Winslow a quien, Annabel no pudo evitar recordar, solía referirse como «esa tonta que se casó con ese maldito tonto».

A lord Vickers no le hizo ninguna gracia que su hija se casara con un caballero de campo sin demasiado dinero. Y, por lo que Annabel sabía, no había cambiado de opinión.

La madre de Louisa, en cambio, se había casado con el hijo menor del duque de Fenniwick, apenas tres meses antes de que el hijo mayor del duque decidiera ir a saltar con un caballo mal entrenado y se rompiera su noble cuello. Había sido, en palabras de lord Vickers, «muy oportuno».

Para la madre de Louisa, claro; no para el heredero muerto. Ni para el caballo.

No era extraño que los caminos de Annabel y Louisa apenas se hubieran cruzado antes de esta primavera. Los Winslow, amontonados con su numerosa prole en una pequeña casa, tenían poco en común con los McCann que, cuando no habitaban su mansión palaciega de Londres, se trasladaban a un antiguo castillo que había junto a la frontera con Escocia.



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