– El padre de Annabel tenía nueve hermanos -dijo lord Vickers.

Annabel se volvió hacia él con cautela. Era lo más cerca que su abuelo había estado de elogiar a su padre, descansara en paz.

– ¿De veras? -preguntó lord Newbury, mirando a Annabel con unos ojos más resplandecientes que nunca. Annabel apretó los labios, entrelazó los dedos de las manos en el regazo y se preguntó qué podría hacer para desprender un aspecto de infertilidad.

– Y, por supuesto, nosotros tenemos siete hijos -añadió lord Vickers, agitando la mano en el aire con ese movimiento de modestia tan propio de los hombres cuando no son modestos.

– No te mantuviste lejos de tu esposa tanto como dices, ¿eh? -se rió lord Newbury.

Annabel tragó saliva. Cuando Newbury se reía o, mejor dicho, cuando hacía cualquier movimiento, las mejillas le colgaban y zangoloteaban. Era una visión terrible que le recordaba a la gelatina de pata de ternero que el ama de llaves le obligaba a tomarse cuando estaba enferma. Realmente, bastaba para que cualquier jovencita echara a correr.

Intentó calcular cuánto tiempo tendría que pasar sin comer para reducir de forma significativa el tamaño de sus caderas, preferiblemente hasta una anchura considerada inaceptable para engendrar hijos.

– Piénsalo -dijo lord Vickers, dando una palmada en la espalda a su viejo amigo.

– Lo estoy pensando -respondió lord Newbury. Se volvió hacia Annabel, con los ojos azul claro llenos de interés-. Te prometo que lo estoy pensando.

– Pensar está sobrevalorado -anunció lady Vickers. Alzó una copa de jerez en honor de nadie en particular y se la bebió.

– Había olvidado que estabas aquí, Margaret -dijo lord Newbury.

– Yo nunca me olvido -se quejó lord Vickers.

– Me refiero a los caballeros, por supuesto -dijo lady Vickers, ofreciendo la copa vacía a cualquiera de los dos hombres que la cogiera primero para volver a llenársela-. Una dama siempre tiene que estar pensando.



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