Esta sabiduría que no aspiraba más que a integrarse a sí misma, no podía satisfacer al Maestro que se reveló al mundo como una personificación de la piedad, y por eso los Maestros de Compasión, han intentado repetidas veces y de diversos modos, hacer extensiva a mayor número de la enseñanza esotérica, empleándola, no sólo en enriquecer la mente de los discípulos, sino además en aminorar el infortunio de la humanidad.

¡Cuán inmensa poesía se encierra en esa emoción jamás sentida, que el joven príncipe Sidharta conoció en presencia del primer mendigo que veía: el verdadero andrajo humano, corroído por la vejez, la enfermedad, la miseria y el desaseo! Al enterarse de que semejante ser no era en el mundo una única excepción; al comparar tanta desdicha con las fastuosidades de su palacio oriental; al recordar la enseñanza recibida de sus maestros, que se ocupaban tanto del mundo ideal de la ciencia, y tan poco del mundo real de la humanidad, hízose el joven príncipe la promesa de encontrar las causas del infortunio humano, y los medios para destruirlas.

si el Buddha no hubiese existido nunca, si en vez de una realidad histórica, se tratara de un ser místico creado por un genio o expresado por la poesía de una raza, su valor simbólico sería: la Compasión.

Para la nueva doctrina, la flor de loto fue el bello emblema que sustituyó o más bien, complementó la insignia brahmánica del septenario bambú, porque el loto viene de oscuras profundidades, pero también se ostenta al exterior, y periódicamente, en las horas del silencio y del reposo, se sumerge en las aguas, lo que recuerda las palabras de un gurú al iniciar su lección bajo el sereno resplandor de la luna: “Esta es la hora que los hombres vulgares dedican al sueño y la que prefieren los discípulos para sus meditaciones. Esta es la hora en que la flor de loto vuelve al elemento de donde procede y del que toma su vida.



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