“Nosotros como ella tratamos de fundirnos, por la meditación, en Aquello de donde venimos, en Aquello que siempre somos interiormente bajo el manto de las apariencias.”

Por esto, en la historia religiosa de la India, paralela en gran parte a la de la civilización humana, hay dos hechos que pueden considerarse como los más esenciales: la compilación del Código de Manú (muchas de cuyas partes continúan siendo esotéricas todavía hoy y las conocidas lo son muy imperfectamente) y la fundación del Buddhismo. Estos dos grandes acontecimientos, representan las tendencias complementarias de cuya unión resulta una portentosa síntesis de sabiduría. Manú pensó especialmente en los medios de conservar la pureza de la casta brahmánica, porque ella era la depositaria de la iniciación que había de permanecer inmaculada al través de los siglos; Buddha unía a su extraordinaria cabeza de filósofo un inmenso corazón maternal -por decirlo así- donde habían hecho su nido los más dulces y bellos sentimientos de la naturaleza humana, y donde además resplandecía como un Sol, eso que hay de divino en lo más hondo de nosotros mismos.

El corazón de Buddha se abió como una corola de loto, para mostrarse a los siglos, a los dioses y a los hombres, en todo el esplendor de su piedad. Y merced a una sucesión ininterrumpida de Araths, Lamas iniciados, y otros instructores de menor importancia, la piadosa enseñanza del Señor sobre la posibilidad de la liberación y el modo de alcanzarla, no ha extinguido; antes bien ha infiltrándose lentamente en nuestra civilización occidental, como la única tabla salvadora por donde la verdadera fe puede cruzar sana y salva, el abismo del absurdo, evidenciado por la ciencia y en el

cual la falsa fe, cae y perece sin remedio.

Nuestro grabado representa la cuna oriental de nuestra estirpe Aria; el Sol que aparece en el horizonte nos lo revela así.



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