
Rodean al primero, siete blanca.s estrellas que proyectan hacia él sus resplandores y por un contraste muy sugestivo; circundan al corazón siete estrellas negras, de las cuales surgen otras tantas flechas que lo atraviesan de parte a parte, ofreciendo una primera deducción interesante porque las estrellas negras están dispuestas en forma de un heptágono invertido, en cambio las puntas reproducen otro heptágono en la posición natural, la misma como están situadas las estrellas blancas. Unas tenues líneas punteadas que se tienden de uno a otro grupo de estrellas, indican las correspondencias recíprocas de cada una con su opuesta. En realidad cada par formado por una estrella luminosa y su correspondiente sombría, no expresa sino dos polaridades de una sola cosa.
El septenario se relaciona con la constitución y en cierto modo con la composición del Macrocosmos y análogamente del Microcosmos. La manifestación, ante el pensamiento místico oriental, no tiene la existencia sustantiva de una COSA, siendo más bien UN DESPLEGARSE DE «CUALIDADES». Como tales hay que considerar igualmente los planetas astrológicos en el sentido esotérico del hermetismo. Los siete planetas de los astrólogos siguen expresando cualidades de la Naturaleza, que, influyéndose en proporciones variables, producen una manifestación o resultante que aparece físicamente como un astro o un hombre y psíquicamente como un dios o un ser.
Entre los lectores familiarizado con las enseñanzas teosóficas, nuestro símbolo corre el peligro de ser erróneamente interpretado.
Habiendo leído lo relativo a la Dharma del Ojo y a la del Corazón, respectivamente consideradas, corno doctrina exotérica y esotérica, se extrañarán de que se relacione el primero con el triángulo y las estrellas blancas, mientras que el segundo es representado en correspondencia con el cuadrado y las estrellas negras. Una sencilla aclaración bastará para poner las cosas en su lugar.
