
– ¿Cómo planificas tu vestuario? -preguntó Daniel, escrutando su rostro.
– De acuerdo con mi vida y mi trabajo. Igual que hace todo el mundo.
– Eres abogada.
– Soy consciente de eso.
– Amanda, las abogadas normalmente…
– Daniel -advirtió ella. Fuera lo que fuera que iban a hablar, su vestuario no estaba incluido.
– Sólo digo que te pases por una boutique. Que pidas cita en una peluquería.
– ¿Mi pelo?
– Eres una mujer muy bella, Amanda -dijo él tras una leve pausa.
– Vale -rezongó ella. Sólo era una lástima que llevara ropa fea y un mal corte de pelo.
– Hablo de un par de chaquetas y unos retoques.
– ¿Para que no me pidan el carné en Boca Royce?
– No es sólo el carné, y tú lo sabes.
Ella enderezó la espalda. Quizá no lo fuera. Pero no era asunto de él.
– Déjalo, Daniel.
Inesperadamente, él alzó las manos con gesto de rendición. Segundos después esbozó una sonrisa de disculpa. Sin embargo, que se rindiera tan fácilmente no terminó de satisfacerla, lo que era ridículo.
El camarero reapareció con las bebidas y una carta de entremeses y aperitivos.
– ¿Tienes hambre? -preguntó Daniel, abriéndola.
– No -respondió ella. En absoluto iba alargar la escena compartiendo sushi con él.
– Podríamos pedir unos canapés.
Ella negó con la cabeza.
– De acuerdo. Me conformaré con el whisky.
Amanda miró el caro líquido ámbar, recordándose en quién se había convertido él. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que le sirvió una lata de cerveza.
– ¿Whisky de treinta dólares la copa? -preguntó.
– ¿Qué tiene de malo el whisky? -dijo él, cerrando la carta y dejándola a un lado.
– ¿Bebes cerveza alguna vez?
– De vez en cuando -encogió los hombros.
– Me refiero a cerveza de tomar en casa.
Él alzó su vaso y los cubitos de hielo chocaron contra el fino cristal.
