Una copa rápida. Oiría lo que tenía que decir, le sugeriría a alguien de precio mucho más elevado que el suyo y, tal vez, después visitaría a un psicólogo.

Arriba, unas puertas de roble daban acceso al bar. Una recepcionista le pidió que le enseñara el carné de socia. Antes de que pudiera sacarlo de la bolsa, apareció Daniel, impecablemente vestido con un traje de Armani. La tomó del brazo e hizo un gesto con la cabeza a la recepcionista.

– No será necesario. Es mi invitada.

– Técnicamente, no lo soy -señaló Amanda, mientras él la llevaba hacia la puerta-. También soy socia.

– Odio que pidan el carné -dijo Daniel, señalando una pequeña mesa redonda, cerca del ventanal que daba a la piscina-. Es de mal gusto.

– No me reconocen -apuntó ella. Sabía que la recepcionista sólo estaba haciendo su trabajo.

Daniel apartó uno de los sillones y Amanda se sentó en el cojín de cuero y dejó la bolsa en el suelo.

– Quizá si…

Ella lo miró por encima del hombro y él cerró la boca y fue al otro lado de la mesa. Cuando se sentó, apareció un camarero vestido con traje oscuro.

– ¿Puedo traerle algo, señor?

Daniel arqueó una ceja, mirando a Amanda.

– Zumo de frutas -pidió ella.

– Tenemos una mezcla de naranja y mango -sugirió el camarero.

– Eso suena bien.

– ¿Y usted, señor?

– Un Glen Saanich con hielo. Etiqueta amarilla.

– Muy bien -con una inclinación de cabeza, el camarero se marchó.

– Deja que adivine -dijo ella, que no estaba dispuesta a dejar pasar el insulto sin más-. Ibas a decir que si llevara un traje de ejecutiva, nadie me pediría el carné.

– El vestuario hace a la mujer -dijo él, sin molestarse en contradecirla.

– La mujer hace a la mujer -replicó ella.

– Un traje ejecutivo y unos zapatos de tacón te darían mucha credibilidad.

– Me visto así para ir a los tribunales, no para entrar en clubes exclusivos.



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