
En realidad, no tenía ningún asunto legal que discutir. Había sido una excusa para sacarla de la piscina, e iba a necesitar unos minutos para refinar los detalles de la mentira. Le lanzó lo que esperó pareciese una sonrisa nostálgica.
– A los chicos les encantaba este sitio.
– ¿Qué es lo que te pasa? -espetó ella.
– Sólo decía que…
– Sí. Bien. A los chicos les encantaba -se quedó en silencio un momento y sus ojos se suavizaron.
Él también se perdió en sus recuerdos. En su mente vio a dos chicos de pelo oscuro lanzándose por el tobogán y tirándose del trampolín. Boca Royce era el único centro de ocio que Amanda y él habían podido permitirse en sus años de escasez, gracias a que la familia Elliott eran socios vitalicios. Y Bryan y Cullen habían nadado allí sin descanso.
Recordó el final del día, cuando los niños estaban agotados. Amanda y él los llevaban a casa, les daban pizza para cenar y les dejaban ver una película de dibujos animados. Luego los acostaban y ellos dos se iban a la cama para pasar el resto de la velada haciendo el amor.
– Tuvimos buenos tiempos, ¿verdad? -comentó con voz ronca.
Ella no contestó, no lo miró. Sin decir una palabra, se dio la vuelta y se fue por el pasillo.
Mejor así.
Estaba allí para ofrecerle unos consejos básicos para que encaminara su vida profesional.
Todo lo demás era intocable.
Muy intocable.
Amanda se sintió mucho menos vulnerable con unos vaqueros desgastados y una camiseta sin mangas color azul pastel. En el vestuario, se peinó el pelo húmedo con los dedos y se puso brillo de labios transparente. No solía utilizar mucho maquillaje durante el día, y no iba a ponérselo por Daniel. Tampoco iba a peinarse con secador.
Se echó su bolsa deportiva amarilla al hombro y subió las escaleras que llevaban a la terraza.
