Más ansiosas, vengativas y exigentes.

Las enormes puertas de hierro estaban frente a él, tan amplias como siempre habían sido; la representación de una cabeza de lobo gruñía en el centro de cada una de las estatuas de bronce sobre las columnas de las que pendían las puertas.

Con un movimiento de las riendas, envió los caballos al galope. Como si sintieran el final de su viaje, se inclinaron contra el arnés; pasaron rápidamente junto a los árboles, los majestuosos robles antiguos que bordeaban las tierras que dejaban a cada lado. Royce apenas se fijó, porque su atención (y todos sus sentidos) estaban fijos en el edificio que se alzaba frente a él.

Era tan majestuoso y estaba tan anclado al suelo como los robles. Se había mantenido así durante tantos siglos que se había convertido en parte del paisaje.

Aminoró el paso de los caballos mientras se aproximaban al patio delantero, bebiendo de la piedra gris, de los pesados dinteles, las profundas ventanas, con diamantinos cristales plomados colocados en los gruesos muros. La puerta delantera descansaba en el interior de un elevado arco de piedra; originalmente había sido una reja levadiza, no una puerta. El vestíbulo delantero, con su techo abovedado, había sido en origen un túnel que conducía hasta el muro interior del castillo; el muro exterior había sido desmantelado hacía mucho tiempo, aunque la torre se mantenía en el interior de la casa.

Dejó que los caballos caminaran en paralelo a la fachada, y Royce se permitió a sí mismo un momento en el que dejó que la emoción lo embargara durante solo un instante. Aun así, la indescriptible alegría de estar en casa de nuevo estaba profundamente ensombrecida, capturada y enredada en una telaraña de oscuros sentimientos; estar tan cerca de su padre (del lugar donde su padre debía haber estado, aunque ya no fuera así) solo servía para estimular el ya afilado borde de su inquieta furia, incapaz de perdonar.



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