El castillo se elevaba en una tierra ligeramente en pendiente sobre el desfiladero que el Coquet había excavado al oeste de la villa de Alwinton. Las tierras del castillo se extendían al este, al sur y al oeste, y la propiedad continuaba para elevarse, convirtiéndose al final en las colinas que protegían al castillo en el sur y el oeste. Los propios Cheviots protegían al castillo por el norte; solo desde el este, la dirección por la que se aproximaba la carretera, el castillo era vulnerable incluso a los elementos.

Esta había sido siempre su primera visión de su hogar. A pesar de todo, sintió la esclusa de conexión, sintió la marea creciente de afinidad.

Tiró de las riendas, e hizo que los caballos se detuvieran; después las agitó, y puso a los animales al trote para poder observar todo aquello incluso mejor.

Los campos, las cercas, los cultivos y las casitas aparecieron en un razonable orden. Atravesó la villa (no mucho más que una aldea) a buen paso. Los aldeanos lo reconocieron; algunos incluso lo saludaron, pero aún no estaba preparado para intercambiar bienvenidas, ni para aceptar condolencias por la muerte de su padre… aún no.

Otro puente de piedra salvaba el profundo y estrecho desfiladero a través del cual el río borboteaba y rodaba. Aquel cañón era la razón por la cual ningún ejército había intentado jamás tomar Wolverstone; el único modo de aproximarse era a través del puente de piedra, que era fácilmente defendible. Debido a las montañas en el resto de flancos, era imposible colocar catapultas o cualquier otro tipo de maquinaria de asedio en ningún sitio que no estuviera bajo el rango de un arquero decente desde las almenas.

Royce cruzó el puente, con el traqueteo de los cascos de los caballos ahogado bajo el tumultuoso rugido del fluir de las aguas, turbulento y salvaje, debajo. Justo como su temperamento. Cuanto más se acercaba al castillo, a lo que lo esperaba allí, más poderosas se hacían sus emociones. Más incómodas y distractoras.



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