Era una rabia irracional… una rabia que no tenía objeto. Pero aun así, la sentía.

Tomó aliento, llenando sus pulmones con el frío y revitalizante aire, apretó la mandíbula y envió a los caballos trotando alrededor de la casa.

Mientras rodeaba el ala norte y los establos aparecían ante su vista, se recordó a sí mismo que no iba a encontrar un oponente adecuado en el castillo con quien pudiera perder los estribos, con quien pudiera liberar su profunda y perdurable rabia.

Se resignó a otra noche de insomnio cuajada de pensamientos.

Su padre había fallecido.

Esto no tendría que haber sido así.

Diez minutos después entró en la casa a través de una puerta lateral, la que siempre había utilizado. Los pocos minutos que había pasado en los establos no lo habían ayudado a tranquilizar su temperamento; el mozo de cuadras, Milbourne, lo había saludado desde lejos, le había ofrecido sus condolencias y le había dado la bienvenida.

Había acogido aquellas palabras bienintencionadas con un asentimiento seco, había dejado los caballos de posta al cuidado de Milbourne, y entonces recordó algo y se detuvo para decirle que Henry (el sobrino de Milbourne) llegaría pronto con los caballos de Royce. Quería preguntarle quién más del personal de antaño estaba aún allí, pero no lo hizo; Milbourne se había mostrado demasiado comprensivo, y esto le había hecho sentirse… expuesto.

No era una sensación que le gustara.

Con la capa arremolinándose alrededor de sus pantorrillas embotadas, se dirigió a las escaleras occidentales. Se quitó los guantes de montar, los guardó en uno de sus bolsillos, y entonces subió los poco profundos peldaños de tres en tres.

Había pasado las últimas cuarenta y ocho horas solo, acababa de llegar y… ahora necesitaba estar solo de nuevo, para absorber y someter de algún modo los inesperadamente intensos sentimientos que su vuelta le había provocado. Necesitaba tranquilizar su agitado temperamento y sujetarlo con mayor firmeza.



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