La galería de la primera planta se extendía frente a él. Subió los últimos peldaños apresuradamente, entró en la galería, giró a la izquierda hacia la torre oeste… y tropezó con una mujer.

Escuchó su grito ahogado.

La sintió tambalearse y la sujetó… cerró sus manos sobre sus hombros y la estabilizó. La sostuvo entre los suyos.

Incluso antes de mirar su rostro, supo que no quería soltarla.

Su mirada se cerró sobre sus ojos, grandes y resplandecientes, de un majestuoso castaño con motas doradas, y enmarcados por unas lujuriosas pestañas oscuras. Su largo cabello era lustrosa seda del color dorado del trigo, ovillado y sujeto en la parte superior de su cabeza. Su piel era de una cremosa perfección, su nariz noble y recta, su rostro con forma de corazón, su barbilla redondeada. Tras detallar estos rasgos con una mirada, sus ojos se concentraron en sus labios. Eran rosados como el pétalo de una rosa, y estaban separados por la sorpresa. Su labio inferior era tan exuberantemente tentador que la urgencia de aplastarlo bajo los suyos fue casi abrumadora.

Ella lo había cogido por sorpresa; él no había tenido ni el más ligero indicio de que ella estuviera allí, deslizándose hacia delante, con la gruesa alfombra atenuando sus pasos. Él, evidentemente, también la había sorprendido; sus ojos abiertos de par en par y sus labios separados le decían que ella tampoco lo había escuchado subir las escaleras… Royce seguramente se había movido silenciosamente, como habitualmente hacía.

La mujer retrocedió; apenas un centímetro separaba el duro cuerpo del duque del de ella, mucho más suave. El sabía que era suave, había sentido su madura figura contra la suya, abrasando sus sentidos en aquel instante de fugaz contacto.

A un nivel racional se preguntó cómo era posible que una dama de su clase estuviera merodeando por aquellos pasillos, mientras en un plano más primitivo combatía la urgencia de cogerla en brazos, llevarla hasta su habitación y aliviar el repentino y abrumadoramente intenso dolor entre sus piernas… Y distraer su temperamento del único modo posible, uno que ni siquiera se había imaginado que estuviera disponible.



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