Aquel lado más primitivo suyo veía correcto que aquella mujer (quienquiera que fuera) estuviera caminando justo por allí, y justo en ese momento, y que fuera justo la mujer adecuada para prestarle aquel singular servicio.

La furia, incluso la rabia, se había convertido en lujuria; estaba familiarizado con esa transformación, aunque nunca le había golpeado con tanta velocidad o fuerza. Y nunca antes el resultado había amenazado su control.

La apasionada lujuria que sentía por ella en ese momento era tan intensa que incluso le sorprendió.

Se contuvo lo suficiente para retener la urgencia, apretar la mandíbula, y apartarla de sí a la fuerza.

Tuvo que obligar a sus manos a que la liberaran.

– Mis disculpas -Su voz era casi un gruñido. Con un asentimiento seco, sin mirarla a los ojos de nuevo, continuó adelante, poniendo rápidamente distancia entre ambos.

A su espalda escuchó el siseo de una inhalación, escuchó el susurro de su vestido mientras se balanceaba, mirándolo fijamente.

– ¡Royce! Dalziel… como quiera que te llames ahora… ¡detente!

El continuó alejándose.

– Maldita sea no voy a… ¡me niego a correr detrás de ti!

El se detuvo. Levantó la cabeza y consideró la lista de aquellos que osarían dirigirse a él con tales palabras, y con ese tono.

La lista no era larga.

Lentamente, se giró y miró a la dama, que evidentemente no sabía en qué peligro estaba. ¿Correr detrás de él? Debería estar huyendo en la dirección contraria. Pero…

Los recuerdos de antaño finalmente conectaron con la situación actual. Aquellos suntuosos ojos castaños fueron la clave. Frunció el ceño.



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