
– ¿Minerva?
Aquellos fabulosos ojos ya no estaban abiertos por la sorpresa, sino entornados por la irritación; sus lujuriosos labios se habían apretado hasta formar una severa línea.
– Efectivamente -Ella dudó, y después, entrelazando las manos en su regazo, alzó la barbilla. -Deduzco que no lo sabías, pero yo soy ahora el ama de llaves de este lugar.
Al contrario de lo que esperaba Minerva, esta información no suavizó el pétreo rostro que la miraba. No alivió la rígida línea de sus labios, ni hubo un destello de reconocimiento en sus ojos oscuros… nada sugería que se hubiera dado cuenta de que ella era alguien que necesitaba que le ayudara: Minerva Miranda Chesterton, la hija huérfana de la amiga de la infancia de su madre. Posteriormente había sido la amanuense, dama de compañía y confidente de su madre, y más recientemente lo mismo para su padre, aunque aquello era algo que él seguramente no sabía.
De ellos dos, ella sabía precisamente quién era, qué era y qué tenía que hacer. El, por lo contrario, seguramente no estaba seguro de lo primero, incluso menos de lo segundo, y casi con seguridad no tenía ni idea de lo tercero.
Sin embargo, Minerva había estado preparada para eso. Para lo que no había estado preparada, lo que no había previsto, era el enorme problema al que ahora se enfrentaba. Un problema de más de metro ochenta, mayor e infinitamente más poderoso en vida que la imagen que había creado de él en su imaginación.
Su elegante capa colgaba de unos hombros que eran más amplios y musculosos de lo que ella recordaba, pero era cierto que lo había visto por última vez cuando tenía veintidós años. Era una pizca más alto, también, y había una dureza en él que no había visto antes y que envolvía los austeros planos de su rostro, sus cincelados rasgos, y su cuerpo duro como la roca, que casi la había hecho volar.
Que la había hecho volar, y no sólo físicamente.
Su rostro era tal como lo recordaba, excepto por una cosa: había desaparecido cualquier señal de su disfraz civilizado.
