Tenía una amplia frente sobre la que destacaban unas cejas negras que se inclinaban ligera y diabólicamente hacia arriba, en los extremos exteriores; una afilada nariz, unos delgados labios que garantizaban la peligrosa fascinación de cualquier mujer, y unos ojos bien colocados de un castaño oscuro, tan oscuro que generalmente eran indescifrables. Las largas pestañas negras que bordeaban esos ojos siempre la habían hecho sentirse envidiosa.

Su cabello era aún espeso, con los rizos elegantemente cortados para que cayeran en olas sobre su bien formada cabeza. Sus ropas también eran elegantes y a la moda, sobrias y caras. Incluso a pesar de que había estado viajando, sin hacer otra cosa más que galopar durante dos días, su pañuelo era una delicada obra de arte y, bajo el polvo, sus botas brillaban.

Sin embargo, esta elegancia no opacaba su innata masculinidad, ni oscurecía el aura peligrosa que cualquier mujer con ojos en la cara podría detectar. Los años lo habían perfeccionado y pulido, revelando, más que ocultando, el poderoso macho depredador que era.

En cualquier caso, esa realidad parecía realzada.

Royce continuaba a veinte pies de distancia, frunciendo el ceño mientras la examinaba, sin moverse para acercarse, y dando a sus derretidos y embobados sentidos incluso más tiempo para babear por él.

Pensaba que había superado su encaprichamiento por Royce. Dieciséis años de separación deberían haberlo hecho morir.

Aparentemente no era así.

Su misión, como ella la veía, se había vuelto inconmensurablemente más complicada. Si él descubría su ridícula susceptibilidad (quizá disculpable en una chica de trece años, pero espantosamente vergonzosa en una dama madura de veintinueve) usaría este conocimiento, sin piedad, para evitar que ella lo presionara para hacer cualquier cosa que él no deseara hacer. En aquel momento, el único aspecto positivo de la situación era que había sido capaz de disfrazar su reacción ante él, simulando una comprensible sorpresa.



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