
A partir de entonces necesitaría continuar escondiéndole esa reacción.
No iba a resultarle sencillo.
Los Varisey eran una estirpe difícil, pero Minerva había estado rodeada de ellos desde los seis años, y había aprendido a sobrellevarlos bien. A todos, excepto a este Varisey… Oh, aquello no era bueno. Desgraciadamente, no solo una, sino dos promesas efectuadas en el lecho de muerte la unían a su camino.
Se aclaró la garganta, e intentó con todas sus fuerzas aclarar su mente de la desconcertante distracción de sus aún excitados sentidos.
– No te esperaba tan pronto, pero me alegra que hayas tenido un buen viaje -Con la cabeza alta y los ojos clavados en su rostro, Minerva caminó hacia delante. -Hay que tomar una gran cantidad de decisiones…
El duque se giró, dándole la espalda, y después, con inquietud, volvió a girarse hacia ella.
– Supongo, pero en este momento necesito quitarme el polvo -Sus ojos (oscuros, inconmensurables, su mirada imposiblemente afilada) estudiaron su rostro. -¿Debo entender que tú eres quien está a cargo?
– Sí. Y…
Royce se giró de nuevo, y sus largas piernas comenzaron a atravesar rápidamente la galería.
– Te buscaré dentro de una hora.
– Muy bien. Pero tu habitación no está en esa dirección.
Royce se detuvo. Una vez más se mantuvo sin mirarla durante el lapso de tres latidos y después, lentamente, se giró.
De nuevo, Minerva sintió el oscuro peso de su mirada, esta vez penetrándola con mayor seguridad. Esta vez, en lugar de conversar a través del enorme foso que los separaba, una distancia que ella hubiera preferido ahora mantener, Royce, indignado, caminó lentamente hacia ella.
Continuó caminando hasta que no quedaron más que unos centímetros entre ellos, que lo dejaron alzándose sobre ella. La intimidación física era una segunda naturaleza para los Varisey masculinos; la aprendían en la misma cuna. Ella hubiera querido decirle que aquella táctica no tenía efecto, y en verdad no tenía el efecto que él pretendía. El efecto era otro totalmente distinto, y más intenso y poderoso del que ella se hubiera imaginado nunca. Su interior tembló, se estremeció; Minerva contuvo su mirada y, tranquilamente, esperó.
