Primer asalto.

Royce bajó la cabeza ligeramente para poder mirar directamente su rostro.

– La torre no ha rotado en todos los siglos desde que fue construida -Su voz había bajado el tono también, pero su dicción no había perdido nada de su filo letal, que se había hecho más afilado. -Lo que significa que la torre oeste está al otro lado de la galería.

Los ojos de Minerva se encontraron con la oscura mirada de Royce, cosa que sabía que era mejor que asentir. Con los Varisey uno nunca debe conceder la más ligera ventaja; eran del tipo que, si uno se rinde un centímetro, toman el condado entero.

– La torre oeste está en esa dirección, pero tu habitación ya no está allí.

La tensión lo recorrió; el músculo de su mandíbula se tensó. Su voz, cuando habló, se había convertido en un gruñido de advertencia.

– ¿Dónde están mis cosas?

– En los aposentos ducales -En la parte central de la torre, al sur; no se molestó en contarle lo que él ya sabía.

Minerva retrocedió, justo lo suficiente para hacerle una señal para que se uniera a ella mientras, con tremenda osadía, le daba la espalda y comenzaba a caminar hacia la torre.

– Ahora eres el duque, y ésas son tus habitaciones. El servicio ha trabajado muy duro para tenerlo todo preparado allí, y la habitación de la torre oeste ha sido convertida en una habitación de invitados. Y antes de que lo preguntes -Escuchó que la seguía a regañadientes, con sus largas piernas acortando la distancia que los separaba en un par de zancadas, -todo lo que estaba en la habitación de la torre oeste está ahora en las habitaciones del duque… incluyendo, debo añadir, todas tus esferas armilares. He tenido que trasladarlas yo misma de una en una. Las criadas, e incluso el lacayo, se negaron a tocarlas por miedo a que se desarmaran entre sus manos.



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