Royce había amasado una exquisita colección de esferas astrológicas; Minerva esperaba que mencionarlas le animara a aceptar la necesaria reubicación.

Después de un momento durante el que caminó en silencio detrás de ella, dijo:

– ¿Y mis hermanas?

– Tu padre falleció el domingo, poco antes del mediodía. Te envié un mensajero inmediatamente, pero no estaba segura de lo que deseabas, así que esperé veinticuatro horas antes de informar a tus hermanas -Lo miró. -Tú eras quien estaba más lejos, pero te necesitábamos aquí el primero. Espero que ellas lleguen mañana.

Royce la miró a los ojos.

– Gracias. Aprecio la oportunidad de acomodarme antes de tener que tratar con ellas.

Lo que, por supuesto, era la razón por lo que lo había hecho ella.

– Envié una carta con el mensajero a Collier, Collier & Whitticombe, pidiéndoles que me ayudaran aquí, con la voluntad, lo antes posible.

– Lo cual significa que también llegarán mañana. A última hora de la tarde, seguramente.

– En efecto.

Doblaron una esquina hasta un pequeño vestíbulo justo cuando el lacayo cerraba la enorme puerta de roble en su extremo. El lacayo los vio, hizo una reverencia y se retiró.

– Jeffers subirá tu equipaje. Si necesitas algo más…

– Llamaré. ¿Quién es el mayordomo ahora?

Ella siempre se había preguntado si tenía alguien en la casa que le suministrara información; obviamente, no era así.

– El joven Retford… el sobrino del viejo Retford. Antes era el ayuda de cámara.

Royce asintió.

– Lo recuerdo.

La puerta de las habitaciones del duque estaba cerca. Minerva se detuvo junto a ella.

– Me uniré contigo en el estudio en una hora.



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