
Entonces se giró y salió del club y, desde ese día en adelante, dejó de ser el hijo de su padre. Desde aquel día había sido conocido como Dalziel, un nombre tomado de una oscura rama del árbol familiar de su madre, suficientemente adecuado debido a que fue su abuelo materno, ya fallecido, quien le había enseñado el credo por el que él había elegido vivir. Aunque los Varisey eran señores belicistas, los Debraigh no eran menos poderosos, pero sus tierras yacían en el corazón de Inglaterra, y habían servido al rey y al país (principalmente al país) desinteresadamente durante siglos. Los Debraigh habían sido tanto guerreros como hombres de Estado, manos derechas de incontables monarcas; el servicio a su gente estaba profundamente arraigado en ellos.
Aunque lamentaban el altercado con su padre, los Debraigh habían aprobado la postura de Royce. Pero este, consciente incluso entonces de la dinámica del poder, los había disuadido de mostrarle un apoyo activo. Su tío, el conde de Catersham, le había escrito, preguntándole si había algo que pudiera hacer. Royce había contestado con una negativa, al igual que había hecho a la pregunta similar de su madre; su lucha era con su padre, y no debía involucrar a nadie más.
Aquella había sido su decisión, una que había mantenido durante los siguientes dieciséis años; ninguno de ellos había esperado que derrotar a Napoleón hubiera llevado tanto tiempo.
Pero lo había hecho.
Durante aquellos años había reclutado a los mejores combatientes de su generación, los había organizado en una red de operaciones secretas y los había introducido con éxito en los territorios de Napoleón. Su triunfo se había convertido en una leyenda; aquellos que lo conocían acreditaban a su red la salvación de incontables vidas británicas, y afirmaban que esta había contribuido directamente a la caída de Napoleón.
