Su éxito en ese escenario había sido dulce. Sin embargo, cuando Napoleón puso rumbo a St. Helena, había disuelto a su grupo, liberándolos a sus vidas civiles. Y desde el lunes pasado, él había dejado, también, su vida anterior (la vida de Dalziel), atrás.

Sin embargo, no había esperado ostentar ningún título más allá del que ostentaba por cortesía: marqués de Winchelsea. No había esperado asumir inmediatamente el control del ducado, ni todo lo que esto conllevaba.

Su vigente destierro (nunca había esperado que su padre cediera, como tampoco iba a ceder él mismo), efectivamente, lo había separado de las casas, las tierras y la gente del ducado y, sobre todo, de un lugar que tenía un gran significado para él… el propio Wolverstone. El castillo era mucho más que un simple hogar; los muros de piedra y las almenas tenían algo (algo mágico) que resonaba en su sangre, en su corazón, en su alma. Su padre también había conocido aquella sensación; a él le había ocurrido lo mismo.

A pesar de que habían pasado dieciséis años, mientras los caballos galopaban, Royce aún sentían la atracción, el tirón visceral que solo se hacía más fuerte cuando atravesaba Sharperton, acercándose cada vez más a Wolverstone. Se sentía ligeramente sorprendido por el hecho de que fuera así, de que a pesar de los años, la disputa, su propio y susceptible temperamento, aún pudiera sentirse… en casa.

Que su hogar aún significara lo mismo de siempre.

Que aún conmoviera su alma.

No lo había esperado, como tampoco había esperado volver así… solo, apresuradamente, a través de las deshabitadas millas, sin la compañía siquiera de su leal mozo, Henry, otro paria de Wolverstone.

El lunes, mientras ordenaba los últimos documentos de Dalziel en su escritorio, había estado planeando su regreso a Wolverstone. Se había imaginado viajando desde Londres por agradables paisajes, y llegando al castillo fresco y descansado… En un estado adecuado para caminar hasta la presencia de su padre… y ver qué ocurría a continuación.



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