Se había imaginado que una disculpa de su padre podría, quizá, tener lugar en ese momento; había tenido curiosidad por descubrir qué pasaría, aunque esto no le quitaba el sueño.

Pero ahora nunca lo sabría.

Su padre había muerto el domingo.

Había dejado el altercado entre ellos (despiadado y profundo, ya que ambos pertenecían a la familia Varisey) sin curar. Sin resolver. Inaccesible al descanso.

No sabía si maldecir a su padre o al destino por dejarle cauterizar la herida.

Sin embargo, el pasado ya no era el asunto más urgente que tenía. Coger las riendas de un extenso y amplio ducado tras una ausencia de dieciséis años iba a demandar toda su atención y todas sus habilidades, con la exclusión de cualquier otra cosa. Tendría éxito (no había ninguna duda u opción en ese aspecto), pero cuánto tiempo tardaría, cuánto le costaría, y cómo demonios iba a hacerlo… no lo sabía.

Esto no tendría que haber sido así.

Su padre había estado lo suficientemente saludable y sano para un hombre de sesenta años. No había estado enfermo; Royce confiaba en que, si lo hubiera estado, alguien hubiera roto la prohibición de su padre y le habría enviado un mensaje. En lugar de eso, su muerte lo había tomado por sorpresa.

En su versión de su regreso, su padre y él habrían hecho las paces, una tregua, algún acuerdo; y entonces hubiera comenzado a refrescar su conocimiento sobre la propiedad, llenando el lapso entre sus veintiún años y sus actuales treinta y siete.

En lugar de eso, su padre se había ido, dejándole las riendas con una carencia de dieciséis años de conocimiento colgando como una piedra de molino alrededor de su cuello.

Aunque tenía total confianza (la confianza de los Varisey) en poder hacer el papel de su padre más que adecuadamente, no estaba deseando asumir el mando urgentemente sobre aquellas tropas desconocidas en un terreno que podría haber cambiado de modos imprevistos durante los últimos dieciséis años.



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