
Su temperamento (como el de todos los Varisey, especialmente los hombres) era formidable, una emoción que portaba el mismo borde afilado que sus sables de antaño. Había aprendido a controlarlo y a mantenerlo dominado bastante mejor que su padre, y lo había convertido en otra arma que podía ser usada para conquistar y dominar; ni siquiera aquellos que lo conocían bien podían detectar la diferencia entre la suave irritación y la furia asesina. No a menos que él deseara que lo hicieran. El control de sus emociones se había convertido hacía mucho en su segunda naturaleza.
Pero, desde que se había enterado del fallecimiento de su padre, su temperamento había estado emergiendo, inquieto, irracional y violentamente hambriento de alguna liberación, porque sabía que la única liberación posible que lo satisfaría le había sido, por cortesía del veleidoso destino, denegada para siempre.
No tener ningún enemigo con quien emprenderla a golpes, o en quien tomar venganza, lo dejaba caminando por la cuerda floja, con sus impulsos e instintos fuertemente amarrados.
Con expresión pétrea, atravesó Harbottle. Una mujer que caminaba por la calle lo miró con curiosidad. Aunque se dirigía claramente a Wolverstone, porque no había otro destino al que un caballero de su clase pudiera llegar a través de esa carretera (ya que tenía numerosos primos y que todos compartían más que un ligero parecido), incluso si la mujer se había enterado de la muerte de su padre, no era probable que se diera cuenta de quién era él.
Desde Sharperton la carretera había seguido la orilla del Coquet; sobre el tronar de los cascos de los caballos había escuchado el borboteo del río sobre su lecho rocoso. Ahora la carretera giraba al norte; un puente de piedra se extendía sobre el río. El carruaje traqueteó al cruzarlo; Royce lanzó un profundo suspiro mientras entraba en las tierras de Wolverstone.
