
Sintió aquella indefinible conexión apresándolo y tensándose.
Se irguió en su silla, extendiendo los largos músculos de su espalda, aminoró el paso de los caballos y miró a su alrededor.
Bebió de los familiares paisajes, cada uno de ellos engalanado en su memoria. La mayoría era lo que esperaba… Estaban exactamente como los recordaba, pero dieciséis años después.
Un vado yacía más adelante, expandiendo el río Alwin; detuvo a los caballos y dejó que eligieran su camino. Cuando las ruedas se liberaron del agua, sacudió las riendas e hizo que la pareja de corceles subiera la ligera pendiente, donde la carretera se curvaba de nuevo, esta vez hacia el oeste.
El carruaje superó la elevación, y Royce aminoró la velocidad de los caballos hasta ponerlos a paseo.
Los tejados de pizarra de Alwinton estaban justo frente a él. Más cerca, a su izquierda, entre la carretera y el Coquet, se asentaba la iglesia de piedra gris, con su vicaría y sus tres casitas. Apenas se detuvo a mirar la iglesia, y su mirada la dejó atrás, sobre el río, para posarse en el enorme edificio de piedra gris que se elevaba con majestuoso esplendor más allá.
El castillo Wolverstone.
La gigantesca fortaleza normanda mantenía, añadidas en una reconstrucción por las sucesivas generaciones, sus almenas, que seguían siendo el rasgo central y dominante. Estas se elevaban sobre los tejados más bajos de las primeras alas Tudor, ambas característicamente curvadas: una hacia el oeste y después hacia el norte, y la otra hacia el este y después hacia el sur. La torre daba al norte, y miraba directamente a un estrecho valle a través del que Clennell Street, uno de los cruces fronterizos, descendía de las colinas. Ni asaltantes ni comerciantes podían cruzar la frontera por aquella ruta sin pasar bajo los siempre vigilantes ojos de Wolverstone.
Desde aquella distancia, poco podía discernir más allá de los principales edificios.
