La dejamos que se fuera sin decirle adiós, como se iban de casa a esas mismas horas casi siempre las ayas, las cocineras, las doncellas, a quienes de pronto parecía que dejábamos de amar al irse. Por eso, quizá, por no haberme despedido de tía Nines, hablábamos de tía Nines Violeta y yo casi todas las tardes. Al principio yo la echaba en falta a la hora del té, su silla y su sitio vacíos recordaban a la tía Nines de antes de Indalecio, laboriosa, confusamente parecida a Fräulein Hannah, la institutriz de Fernandito. Nos llevaba de paseo tía Nines, bajaba con Violeta y conmigo los peores días de borrasca, con la veloz lluvia oblicua contra los impermeables y el ventarrón feroz que daba la vuelta a los paraguas. Veía su sitio vacío y recordaba en vano -como quien recuerda el total de una suma, la cifra, olvidados los sumandos- cómo se quedaba tía Nines con nosotras tardes enteras los domingos jugando a la brisca o a la oca o al parchís, esos tres juegos Violeta y yo los aprendimos con tía Nines. Daba pena recordarla. Una tristeza, sin embargo, que no me entristecía -ésa era la turbiedad, la incomprensibilidad, la rareza.

A los catorce años, los significados de mis experiencias aparecían y desaparecían como fogonazos instantáneos, eran explosiones que era yo incapaz de concordar con el resto de mi vida. Así, a los pocos días del accidente de Indalecio (tía Nines todavía estaba en casa, encerrada en su cuarto, Manuela o cualquiera de nosotras le subía las comidas que probaba apenas, sólo parecían gustarle, únicamente, los purés y las sopas de arroz o de fideos, o un tazón del caldo del cocido) acabábamos Violeta y yo de volver del colegio y estábamos las dos en nuestro cuarto arreglándonos para bajar al té. Iba a ser un té especial porque había una visita: tres señoras que quizá tuvieran la edad de tía Lucía o de mi madre, pero que, a simple vista, parecían mayores, enseñoradas, encorsetadas, pausadas. Las habíamos visto sentadas en la sala con mi madre. La mayor era una rubia que Violeta dijo que era presidenta de la Acción Católica, las otras dos, de menos graduación y quizá edad, no se sabía quiénes eran. Violeta se estaba mirando en el espejo, alisando los pliegues de su falda plisada azul oscuro del uniforme de domingos y festivos. Yo estaba sentada en la cama dándole brillo a los zapatos de las dos. Y Violeta dijo:



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