
A los catorce años, los significados de mis experiencias aparecían y desaparecían como fogonazos instantáneos, eran explosiones que era yo incapaz de concordar con el resto de mi vida. Así, a los pocos días del accidente de Indalecio (tía Nines todavía estaba en casa, encerrada en su cuarto, Manuela o cualquiera de nosotras le subía las comidas que probaba apenas, sólo parecían gustarle, únicamente, los purés y las sopas de arroz o de fideos, o un tazón del caldo del cocido) acabábamos Violeta y yo de volver del colegio y estábamos las dos en nuestro cuarto arreglándonos para bajar al té. Iba a ser un té especial porque había una visita: tres señoras que quizá tuvieran la edad de tía Lucía o de mi madre, pero que, a simple vista, parecían mayores, enseñoradas, encorsetadas, pausadas. Las habíamos visto sentadas en la sala con mi madre. La mayor era una rubia que Violeta dijo que era presidenta de la Acción Católica, las otras dos, de menos graduación y quizá edad, no se sabía quiénes eran. Violeta se estaba mirando en el espejo, alisando los pliegues de su falda plisada azul oscuro del uniforme de domingos y festivos. Yo estaba sentada en la cama dándole brillo a los zapatos de las dos. Y Violeta dijo:
