
– ¿No se te hace raro a ti, a mí se me hace, no ponernos hoy nada de luto? La visita que hay es de cumplido…
– Si lo dices por Indalecio, es una tontería, porque no era nada nuestro.
– ¿Cómo que no era nada nuestro? Algo tenía que ser forzosamente siendo novio de tía Nines. Era novio antes de ahogarse.
– No eran casi novios todavía, ¿sabes? Y al ahogarse Indalecio ya no son ni novios -declaré yo solemnemente, y de inmediato sentí una punzada de confusa inculpación. Me sentí cruel por hablar de ese modo con Violeta. Era muy desagradable sentirse cruel: me miré al espejo y se veía la crueldad en mis curvos labios. No había empezado yo después de todo, fue Violeta quien empezó con lo del luto. Por eso dije-: No debieras de haberlo dicho, lo del luto, no debieras de haberlo ni pensado, es como reírnos de tía Nines.
Violeta se había acercado mientras yo hablaba y me contemplaba sorprendida.
– ¿Pero qué dices? Tía Nines no tiene que ver nada. Lo del luto lo he dicho porque me encantaría ir de negro por las tardes, un traje liso negro y sólo un collar de plata austriaca con esmaltes rusos color fresa. Tía Lucía dice siempre que el negro favorece a las personas de complexión como la nuestra, con los huesos suyos de la cara, como si se hubiera dado siempre algo de laca, blanca.
¡Tía Lucía estaba en todo! No podía no reconocerlo oyendo hablar a Violeta del traje negro que le gustaría ponerse por las tardes, sintiendo tanto como sentía en mí misma la persuasión de idéntica influencia. Mientras bajaba la escalera, pensé, sin embargo, en algo que tía Lucía no hubiera pensado: en la doblez con que había yo dirigido, instintivamente, el desagrado de sentirme cruel hacia Violeta: ser inocente a todo trance, verme libre de culpa a cualquier precio.
