La desgracia de tía Nines contuvo para mí mucho más significado del que era capaz de expresar verbalmente a los catorce. Decía entre mí: «Es una tragedia», sin saber cómo esa palabra podía aplicarse a dos acontecimientos tan distintos como eran el ahogarse Indalecio -un accidente- y el perder en poco más de un año tía Nines las ganas de comer, de cuidarse, de vivir -esto no era un accidente, sino más bien al revés: el resultado de una decisión, sólo que hecha casi toda de omisiones y de negaciones-. Era una misma tragedia, pero la incomprensibilidad, la inexpresabilidad, no vinieron por el accidente sino, durante todo un año, por virtud de una decisión.

Se la llevaron en taxi. Un taxi de Letona y no de San Román. Yo sabía que se la llevaban aquel día y estuve pendiente en la ventana del pasillo, vi llegar el taxi traqueteando, y vi cómo se bajaba el doctor Mazarín, que venía sentado junto al chófer. Vi salir a tía Nines entre mi madre y tía Lucía como si se la llevaran presa entre las dos. Vista la escena desde arriba, a la luz grisácea del amanecer otoñal en La Maraña, parecía un final de cine mudo, el doctor Mazarín era el verdugo y tía Lucía y mi madre dos jefes de alta graduación o dos fiscales que lo tienen todo claro y se limitan a cumplir sus órdenes. Sentía los pies fríos y una intensa curiosidad. Sentía al mismo tiempo una intensa sensación de no estar sintiendo yo lo que debía, o quizá un ambiguo sentimiento de culpabilidad por limitarme a observar aquella escena desde la ventana en lugar de bajar corriendo a despedirme de tía Nines con un beso. Se fue sin despedirse de nosotros.



9 из 246