
Entré en la sala detrás de Violeta, no sabiendo ni calificar lo que acababa de sentir hablando con ella, ni lo que sentía en ese mismo instante. Ver a la visita, sólo verla, dando conversación premiosamente a tía Lucía y a mi madre, que se limitaban a sonreír y a intercalar de vez en cuando un par de palabritas, me borró cualquier remordimiento y lo redujo todo a un solemne regocijo: aquella comicidad objetiva que casi cualquier visita, de las pocas que teníamos, tenía para mí a los catorce años. Era divertido ir saludándolas a las tres una por una, y sentarse luego frente a la visita en un reposapiés, poniendo cara seria, fingiendo que tomábamos en serio lo que se decía en vez de limitarnos a observarlas para reírnos después Violeta y yo en el dormitorio, imitándolas. Intercalaban: «¡Hines, pobrecilla!», rítmicamente, cada cuatro frases. O bien intercalaban: «Indalecio, que en paz descanse», para amenizar un poco -eso parecía- sus tres monótonos monólogos. No se parecían a nosotras, eran aves de corral, por eso daban risa. Era natural -pensé de pronto- que se hubiese mi madre retirado a vivir solitaria en La Maraña cuando nosotras éramos pequeñas: se vino aquí a vivir para librarse de los cacareos de aquellas aves de corral. «Mejor solas que mal acompañadas», me dije a mí misma. Y me recorrió un solemne escalofrío de cálida grandeza, como un trago de orujo en la garganta, el esófago, el alma: era fascinante aquel ser visitadas contadas veces, como se visita a las reinas madres, por gallinas cluecas engordadas, ataviadas a este efecto, como princesas, como reinas al ponerse los guantes, pensé que las tres habrían precipitadamente cosido el descosido de una punta del dedo, a nosotras sólo se nos ve en ocasiones señaladas -pensé, entusiasmada-. Con ocasión de un funeral o de una boda o de un Tedeum para celebrar la victoria de los nacionales.