
La noche entraba cuando se fueron las visitas, embauladas en el taxi que subió a recogerlas, las tres atrás como peponas. El taxi fue bajando lentamente achaparrado atrás por el peso de las tres señoras. En la carreterilla que separaba nuestro chalet del chalet de tía Lucía estábamos de pie las cuatro aquel atardecer amarillento e íntimo, como los grabados de ciudades europeas que tía Lucía había colgado en la escalera. A través del seto las luces de la sala agrandaban nuestra casa, que desde ahí, oscura, me pareció una gran morada antigua. La planta central de un regimiento destacado en La Maraña. Velozmente se acumularon en mi cabeza estampas de salas de banderas del ejército inglés luchando contra el ejército francés en Canadá. Y nuestra isla estaba en el Ontario Lake, que recorrieron en lancha rápida, por cierto, tía Lucía y Tom Bilffinger. Era la niebla del mar, era la niebla húmeda del mar alterada por el viento, como los arbustos y los árboles inconscientemente significativos, oscuros, como los impulsos de mi corazón, tan infantil todavía. A través de la niebla que giraba, que se densificaba o ahilaba a nuestra espalda, se alzaba el torreón de tía Lucía contra el mar, sin ninguna luz, ni siquiera el farolito de la entrada.
