Llegaba hasta nosotras cuatro el golpe acompasado, sofocado, como una gesticulación del invisible energúmeno oceánico. Marea alta inflamando como tambores los cuévanos de la base del acantilado, cuyos retumbos llegaban hasta nosotras, anegadas gargantas de la costa de La Maraña. Pensé en la espuma que blanqueaba y bullía sobre las rocas afiladas al pie de los farallones. Como el recuerdo de la inevitabilidad y de la muerte, que sacó a Indalecio, de un golpe, de este mundo. Como la locura o la manía que sacó de golpe a tía Nines de su sensatez y de su quicio. Así el acompasado borbotón del oleaje contra el acantilado. Aquella noche me sorprendió la cercanía del retumbo que subrayó nuestro silencio sobrecogido, hasta que nos echamos a correr de vuelta a casa las cuatro. El final de la tarde fue tan divertido, tantas risas por todo.

Una vez acostadas ya Violeta y yo, dejé de reírme, bruscamente, para redondear lo que había empezado antes de bajar a la visita.

– No está nada bien que nos riamos tanto, Violeta. Es todo muy triste, muy tristísimo. Piensa en tía Nines, qué estará pensando. Y tú y yo aquí venga a reírnos. Eso no está nada bien.

– No nos reímos de tía Nines. Nos reímos porque sí.

– Pues no hay que reírse porque sí. Y menos después de pasar lo que ha pasado.

– Ya estás tú con los llorares y con las tristezas. No tengo ganas de llorar, ninguna. Más vale reírse que llorar.

Yo era la mayor y tenía yo que hablar la última. No podía dejar que Violeta me ganara. Era mi obligación sentir lo justo y expresar lo justo. Y dije:

– Se debe de sentir lo que se debe de sentir, Violeta, y quien cuando pasa una desgracia va y se ríe, aunque sea porque sí, es porque no es como es debido. Y si no podemos llorar tampoco nos tenemos que reír, ¡ni porque sí ni porque no!

– Pues si no nos reímos es mejor que nos durmamos -dijo Violeta. Y se quedó dormida, harta de mí, posiblemente. A punto estuve de despertarla y echarle una bronca. Me detuvo la preocupación, ahora muy viva, de no estar entendiendo bien las cosas. ¿Por qué era triste esa desgracia, por qué habían venido las visitas, por qué no éramos nosotras aves de corral, por qué si Indalecio era una persona encantadora que se reía tantísimo, no iban a acompañarle ahora, en el cielo, mucho mejor las risas que las lágrimas?



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