
Aquel día fue fiesta porque cumplía años la madre superiora -nunca se supo cuántos-. La fecha coincidía con el séptimo cumpleaños de mi hermano Fernandito. Fernandito empezaba ya a dominar el arte de dejarse querer, y dejar que los demás se afanen en beneficio propio. Llevábamos una semana hablando del cumpleaños. Tía Lucía había prometido -aparte su regalo- darnos una sorpresa formidable. Fernandito confiaba sinceramente en que tía Lucía se tirase de cabeza al mar desde lo alto del torreón. Eso fue lo que dijo, y yo entendí que había por debajo de la broma la irritación de quien teme verse agasajado y a la vez arrinconado por la excesividad general de tía Lucía. Cuando nos sentamos a desayunar, pensamos que la sorpresa iba a consistir en ver aparecer a tía Lucía en el office a las diez de la mañana, un acontecimiento éste sorprendente hasta el delirio conociendo sus cómodos horarios.
Íbamos por la mitad del desayuno cuando oímos un doble ruido de pasos acercándose. Fuimos a abrir Violeta y yo convencidas de que sería la sorpresa. Y lo fue. La sorpresa iba a ser Tom. De todas las posibles sorpresas, aquélla era la más inadecuada para Fernandito. Tom Bilffinger, el eterno pretendiente de tía Lucía, era capaz, con su sola presencia, de arrinconar, sin proponérselo, a un regimiento entero, por no hablar de un crío de siete años. A los catorce años, yo tenía la impresión de que la estatura de Tom se alzaba muy por encima de los dos metros. Aquel año era la primera vez que le veía en los últimos tres años. Su estatura recordada no menguó en esta ocasión, aunque quizá me fijé más en su cara rojiza y en sus ademanes y el modo de atendernos a todos y sobre todo a tía Lucía.
